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Posted by on 4 / 5 / 2017 in Blog, Cine | 6 comments

La Última Cena

La Última Cena

No hay nada como el teatro para, como actriz, vivir en tu propio cuerpo las experiencias de los personajes. Pero como espectadora no hay nada como el cine para sentir sus emociones. Puedes acompasar tu corazón al de La princesa prometida cuando escuchas “como desees”. Puedes sentir el terror cuando escondida, Sola en la oscuridad, oyes que tu perseguidor abre la puerta del frigorífico y caes en la cuenta de que has debido de cometer algún error. Puedes sentir el mazazo en las entrañas cuando el juez anuncia el veredicto de culpabilidad y la sentencia es de Pena de muerte. Y ese nudo en la garganta ya no te soltará. Lo tendrás cuando te llegue el rumor de los colectivos a favor o en contra de la pena capital que se manifiestan con pasión al otro lado de los muros de la prisión, cuando recibas la visita del sacerdote para ofrecerte alivio espiritual, cuando tus pies te lleven por última vez a través del corredor, cuando veas entrar a unos pocos invitados que han sido escogidos para presenciar tu ejecución, cuando el sonido del segundero del reloj resuene en la sala y el timbre del teléfono permanezca mudo al llegar la hora señalada… Esa es la magia del cine.

Pero según un estudio realizado por investigadores del Laboratorio de Alimentación y Marcas de la Universidad de Cornell (Estados Unidos), la imagen mitificada que muestra el celuloide sobre el ritual que rodea las ejecuciones de presos en aquel país no concuerda con la realidad, al menos en un aspecto: el menú que los condenados eligen para su Última Cena (lo escriben así, con mayúsculas) no incluye recetas exquisitas ni manjares exóticos o refinados.

A pesar de que, a excepción de las bebidas alcohólicas, pueden pedir lo que deseen (eso sí, sin sobrepasar un presupuesto fijado en 40 dólares), quienes esperan a la dama de negro suelen decantarse por la comida basura. Calorías de sobra para sobrellevar el estrés y marcas conocidas para rememorar el confort y la protección de tiempos pasados: hamburguesas; perritos calientes; pollo, patatas y huevos fritos; Coca-Cola; Doritos; chocolate; pasteles y donuts; helados y batidos extra grandes.

Sin embargo, el estudio afirma que es bastante probable que no terminaran su cena o, incluso, no llegaran a ingerir nada porque, aunque esa información está restringida, sí es conocido el dato de que el 21% de los condenados renunció a su última comida.

No es necesario ser miembro de un prestigioso equipo de investigación para saber que la ansiedad afecta al apetito y para sospechar que la angustia frente a una ejecución inminente cierre más de un estómago, sobre todo si pertenece a un inocente.

De manera inevitable, una intenta ponerse en semejante situación y los platos familiares que se le vienen a la cabeza son la tortilla de patatas, el bocadillo de lomo con pimientos, el arroz con leche, el pollo con tomate y el cocido. Pero como sé que yo, inocente o culpable, formaría parte de ese 21%, solo pediría un vaso de agua para, como hacen los catadores de vino, limpiar mis papilas gustativas de cualquier resto de comida e intentar rememorar otros sabores que me proporcionasen una evanescente pero genuina sensación de bienestar.

Creo que, en primer lugar, evocaría el sabor delicioso de los deditos de mi niña recién nacida. Después, elaboraría un cóctel original y exclusivo con ingredientes solo míos: el gusto de la madera de los lápices Staedtler (los negros y amarillos) que no dejaba de morder durante los exámenes de matemáticas, la mezcla de salitre y sol en la piel de un día de barco, el sabor metálico de la sangre cuando chupar la rodilla pelada después de haber hecho una inesperada pirueta mortal con la bici era lo único que calmaba el escozor, el sabor del pintalabios de mi madre robado a escondidas, el de la cruz de marfil que mi abuela llevaba colgada al cuello (la guardo como oro en paño) y yo mordisqueaba mientras me cogía como a un bebé sobre su regazo, el sabor helado y a la vez ardiente de la nieve, el del polvillo de tiza cuando me tocaba sacudir los borradores y se me colaba hasta la garganta, el regustillo de los billetes de cien pesetas que, a pesar de que siempre me decían que no me los metiera en la boca, terminaba por hacerlo mientras rebuscaba la calderilla en mi monedero, el de la primera y absurda calada de un cigarrillo…

Entonces tomaría otro sorbo de agua para borrar el horrible sabor del tabaco y buscaría en mi memoria el de sus labios en aquel beso que no era el primero. Y, cuando se disipase, intentaría recordar el gusto del aire de mi ciudad en las noches de sábado, cuando me sentía la dueña del mundo y la muerte quedaba tan lejos.

Apuraría el vaso, cerraría los ojos y esperaría así, con el estómago vacío y el corazón empachado.

Beatriz González.

Foto: Jan Saudek. Labios con gota, 1974.

6 Comments

  1. Magnífico Bea, me ha encantado la entrada, que dura pero que tierna a la vez.

    • Muchas gracias por tu comentario, Gonzalo. Es una realidad durísima, como dices. Nosotros sólo tenemos la visión que nos ofrece el cine, pero que te llegue ese momento, sabiendo que nadie va a decir “¡corten!”, debe ser algo espantoso.

  2. Espeluznantemente hermoso. Enhorabuena.

    • Muchas gracias, Juan. Lo cierto es que cuando vi las fotografías de las bandejas con las cenas me pareció algo estremecedor y sentí la necesidad de escribir sobre ello.

  3. ¿Sabes, Beatriz, la sensación de desazón, de opresión que te queda en el corazón cuando ves una película, escuchas una melodía o lees un relato que no querías que terminara? Es una belleza y me has emocionado hasta la lágrima. Una entrada maravillosa.

    • Faly, no imaginas la emoción que me supone saber que la entrada te haya provocado esa sensación. Muchísimas gracias.

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