Pages Menu
TwitterFacebook
Categories Menu

Posted by on 12 / 11 / 2015 in Blog, Literatura | 8 comments

En la mesa con Don Quijote

En la mesa con Don Quijote

 

De Madrid, último de octubre de 1615.

En esta fecha Miguel de Cervantes dedica al Conde de Lerma la segunda parte del Quijote. Cuatrocientos años han transcurrido desde entonces y aun hoy es una obra que te ofrece mil lecturas, todas enriquecedoras y nuevas. Y no es asunto menor la importancia que se da en la novela a la comida y todo lo que alrededor de ella acontece, hasta tal punto que pocos capítulos hay que no estén salpicados de referencias culinarias. A veces saltan a la vista, otras requieren una lectura más detenida.

Ya en el primer párrafo del primer capítulo conocemos el menú semanal de D. Alonso, e incluso cuanto de su hacienda le supone. La olla de vaca o las lentejas –que serían viudas porque los viernes era día de abstinencia- no nos resultan ajenas. Más lejanos parecen los duelos y quebrantos, cuyo origen es asunto muy discutido. Podría ser el de las reses que heridas (duelos) o con algún miembro roto (quebrantos) eran sacrificadas al final de la semana sirviendo de alimento a los pastores. También podría ser el plato que acostumbraban a servir a las mujeres al enviudar o bien podría referirse a los huevos con tocino que los judíos conversos tomaban los sábados, quebrando el tabú que sobre el cerdo tenían sus ancestros. En cuanto a los palominos, no era inusual que los grandes señores tuvieran palomares en sus casas, sirviéndoles su cuidado tanto de distracción como de alimento.

Capítulo a capítulo Cervantes nos descubre recetas y costumbres que en muchos casos no difieren de las actuales. Gazpachos, potajes, perdices, gachas, ollas podridas, empanadas de liebre, salpicón, migas, bacalao seco y arenques, ajos, carne de membrillo, frutas de sartén… siempre acompañados de pan, alimento que no pocas veces sustituye al cubierto, cuyo uso tiene Sancho por costumbre melindrosa:

“…más tomara yo un cuartal de pan o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques…”

“…En tiempo en que fue gobernador aprendió a comer a lo melindroso, tanto que comía con tenedor las uvas y aun los granos de granada” (Cap. 62 -2º)

El pan es también la base de las migas que preparaban los pastores cuando se encontraban en la trashumancia Es una comida de hermandad “Comamos buenas migas juntos” (Cap. 59- 2º) dice Sancho y aun utilizamos esa expresión cuando dos personas tienen buena sintonía “hacen buenas migas”.

Quijote y Sancho

Quijote y Sancho

Y al pan acompaña el vino, que se bebe en abundancia y que en la novela se menciona no menos de cuarenta veces:

“—En verdad, señora —respondió Sancho—, que en mi vida he bebido de malicia: con sed bien podría ser, porque no tengo nada de hipócrita; bebo cuando tengo gana, y cuando no la tengo, y cuando me lo dan, por no parecer o melindroso o mal criado, que a un brindis de un amigo ¿qué corazón ha de haber tan de mármol, que no haga la razón? (Cap. 33-2º)

“Pero lo que más campeó en el campo de aquel banquete fueron seis botas de vino, que cada uno sacó la suya de su alforja” (Cap. 54- 2ª)

La dieta de la gente común era sobria, sólo los aristócratas y el alto clero comían en exceso y con manjares exquisitos, “comida a la flamenca” la llamaban y acompañaba cada plato que se servía con otro dulce. En las bodas de Camacho (Cap. 20-2º) asistimos asombrados a un banquete donde las ollas hierven repletas de viandas, y se asa un novillo relleno de doce lechoncillos. Quesos, pan blanco, vinos riquísimos y frutas de sartén dejan boquiabierto a un Sancho siempre hambriento. No menos atónito va a estar en la ínsula aunque ande ya más avezado Por supuesto no es este un banquete al alcance de todos, menos aun de un hidalgo pobre como es nuestro caballero. Pero hay un plato que es común a todos y aunque mengua de ricos a pobres sigue siendo apetecible en todas sus preparaciones. Hablamos de la olla podrida o poderida o poderosa. Cervantes le debía de tener un singular aprecio porque aparece a lo largo de toda la novela. Se compone principalmente de legumbres, carnes, y verduras. Su origen podría estar en la adafina, el plato que los judíos preparaban para el Sabbat. Hoy sería el cocido madrileño o el caldo gallego o el puchero en Andalucía. Con sus restos se cocinaba un salpicón que se comía frío durante la cena. Sancho le va a dedicar más de un requiebro:

“…Dame olla podrida que mientras más podridas son mejor huelen y en ellas puede embaular y encerrar todo lo que en el quisiere…” (Cap. 49 -2º)

“…Aquel platonazo que está más adelante vahando me parece que es olla podrida, que, por la diversidad de cosas que en las tales ollas podridas hay, no podré dejar de topar con alguna que me sea de gusto y de provecho” (Cap. 47-2º)

No sé vosotros, yo estoy deseando prepararme un puchero, terminar con una pringá y dejar para mañana una ropa vieja que es en lo que finalmente vuelca la olla podrida; una sopa, un plato de legumbre y un salpicón con lo que sobra. Y antes de empezar recordar lo que Teresa Panza le dijo a su marido:

“La mejor salsa del mundo es el hambre, y como ésta no falta a los pobres, siempre comen con gusto” (Cap. 5- 2ª)

Buen provecho.

8 Comments

  1. Muy interesante artículo !!

  2. Fenomenal Faly, buena época para despertar la memoria y recordar las bondades de la cocina manchega. Voto por los duelos y quebrantos y por seguir leyendo tus históricos artículos.

  3. Que bien lo cuentas!Tanto que nada más terminar de leer, me moría por un cocido de esos que hablamos a veces.Si, ese que tenemos pendiente de comer juntas un día de estos.

    Besos Faly.

    • Una buena conversación y una buena comida. No conozco mejor plan. El vino, de tu tierra y de la mía. Besos Y gracias.

  4. Magnífico!

    • ¡¡¡¡Gracias!!!!

  5. Realmente instructivo y ameno. Gracias Faly

    • Mil gracias, Benito. Celebro que te guste.

Post a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *