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Posted by on 21 / 9 / 2016 in Blog, Viajes con Arte | 7 comments

El sushi, en Japón

El sushi, en Japón

Hace unos días fui testigo de una conversación que me hizo reflexionar bastante. Un grupo de adultos hablaba sobre sus destinos ideales para las vacaciones mientras mi hija, viajera insaciable a sus cinco años de edad, escuchaba sin perder detalle. En un momento de emoción irrefrenable, ella compartió su sueño: “Pues yo quiero ir a Japón”, dijo con un brillo en los ojos que dejaba intuir que ya se veía allí. “¿A Japón? ¿Por qué?”, quiso saber uno de los mayores. “Porque quiero comer sushi”, explicó mi hija. Después de las carcajadas, que por causas que desconozco suelen ser generales cuando un niño habla con determinación, otro de los adultos dijo con tono aleccionador: “Para eso no hace falta ir a Japón. Puedes comerlo en un restaurante japonés”. “Pero yo quiero probarlo en Japón”, sentenció mi hija con gran aplomo.

Yo tampoco he probado el sushi. Hay algo, no sé qué, que me hace resistirme de la misma manera que me resisto a probar los caracoles, a pesar de que en francés suenen tan suculentos. Desde luego, hay excelentes restaurantes japoneses dentro de nuestras fronteras, pero estoy convencida de que la experiencia sería completamente distinta en el país del sol naciente, aunque el sushi no estuviera tan bueno.

Recuerdo una noche en la Plaza de Jamaa el Fna, en Marrakech. No sé si sería por la excitación de estar viviendo mi primer gran viaje sola con amigos, por la emoción que me había causado la belleza de los jardines de la Menara que había visitado esa tarde, por el ambiente mágico de la plaza con sus puestos iluminados con farolillos, por los aromas impregnando el aire, por la visión exótica de los aguadores, por la atracción hipnótica de los encantadores de serpientes, por el canto del muecín llamando a la oración, por el cielo africano donde todavía se ven las estrellas, o porque hacía un frío que pelaba, pero el caso es que me tomé una harira como jamás he vuelto a probar. Aquella sopa calentita, gustosa, de consistencia perfecta, con la mezcla justa de verduras, carne, garbanzos y especias, me supo a gloria.

 

El mundo en comidas

 

Creo que aquel cuenco de harira permanecerá por toda la eternidad en el primer puesto en mi ranking personal de exquisiteces del mundo. Después, no mantengo un orden fijo porque los recuerdos pasados siempre se ven influenciados por los sentimientos del presente. Pero hay platos que siempre ocuparán un rincón especial en mi memoria. Las papas con mojo rojo y mojo verde del restaurante “El Amanecer” en Arrieta (Lanzarote). Las chuletillas de cordero al sarmiento en Laguardia, un pueblo precioso de la Rioja Alavesa donde los niños podíamos merendar chorizo picante con pan de pueblo y un vasito de vino, o dos, dentro de una barrica acondicionada con una mesa y un par de bancos en la bodega de mi tío. Las zamburiñas a la parrilla, después de haber paseado por as Pedras Negras en O Grove. La tortilla de bacalao, el chuletón y la sidra, trio inseparable, en cualquier sidrería de Astigarraga (Guipúzcoa) la noche de la Tamborrada, que es cuando comienza oficialmente la temporada de la sidra vasca. Las gambas de Huelva en El Rompido. La girella de El Pont de Suert, en el pirineo leridano. Los amarguillos de Medina Sidonia (Cádiz). Los dátiles del oasis de Tozeur (Túnez), tan dulces que son puro caramelo. La tortilla de patatas de mi abuela en la playa de La Concha, porque en casa no sabía igual. La morcilla de Burgos en una tasquita cerca de la catedral de la que no recuerdo el nombre, pero sí sabría llegar. El cordero asado de Botín, restaurante más antiguo de Madrid, y del mundo según el libro Guinness de los Records. Y, con permiso de Botín, el cochinillo de Segovia, pues aquella grasilla que impregnaba mesas, paredes y suelos del comedor hizo que la experiencia fuera única.

Así que comprendo perfectamente que mi hija desee probar el sushi en Japón. Porque hay manjares que no saben igual fuera de su tierra. Incluso hay ciertas cosas que sólo se deberían degustar en determinados lugares. La carne de cocodrilo, por ejemplo, es algo que no creo que vaya a repetir nunca. Ese sabor indefinido entre pollo y pescado, y esa textura ni firme ni blanda no es algo que recomiende encarecidamente. Pero si alguien tiene curiosidad, le invitaría a probarla en el restaurante Carnivore en Nairobi (Kenia), pues estoy segura de que el recuerdo le acompañará toda su vida.

No sé cuándo me decidiré a probar el sushi. Por lo pronto, he empezado a ahorrar para hacerlo, junto a mi hija, en Japón.

Autora: Beatriz González

7 Comments

  1. ¡Genial! Estoy contigo en que la comida sabe mejor en su lugar de origen. Creo que no es sólo una cuestión de calidad sino de darle todo su sentido al viaje. Yo recuerdo unas judias con butifarra en el Valle de Aran tanto como el paisaje y las preciosas iglesias románicas.
    Felicidades, Beatriz.

    • Faly, has tocado mi punto débil. ¡Soy una enamorada del románico! Qué te voy a contar de las preciosas San Clemente y Santa María de Taüll, y de la maravillosa San Juan de Boí. Hace ya muchos años que las vi y todavía recuerdo la sensación de subir a la torre del campanario. Coincido contigo en que a veces un viaje queda ligado para siempre a una comida, a un paisaje, o a una anécdota. Y otras, a una persona. Para mí las joyas románicas que he tenido la suerte de contemplar con mis propios ojos están unidas a mi padre. Salvo las iglesias catalanas, todas las demás las he visitado con él. La primera fue San Martín de Frómista. Recuerdo que nos tomamos una tapita de queso y una copa de vino en un bar de enfrente mientras esperábamos a que abrieran la iglesia. Recuerdo también que una amiga mía no quiso tomar nada porque no le gustaba el queso. Yo no podía entenderlo porque creo que bajo los efectos de mi particular síndrome de Stendhal cualquier cosa me habría sabido deliciosa. Después llegaron la iglesia de Santa María y la ermita de San Caprasio en Santa Cruz de la Serós, a los pies del monte donde está incrustado el monasterio de San Juan de la Peña, que consiguió arrancarme algunas lágrimas. Y el monasterio de Leyre, con su impresionante cripta que parece un bosque de piedra encantado. Y la mágica Santa María de Eunate… Y tras un par de años de sequía, este verano me dio el capricho de ver San Miguel de Lillo y la preciosísima Santa María del Naranco. Allí, frente a la fachada de la escalera, mi padre me contó una historia sobre la guerra y mi abuelo. Una historia sobre el instinto supervivencia de grupo de soldados que llevaban ya un año combatiendo y la falta de valor o el exceso de nobleza, según se mire. Así que, si el románico quedará unido siempre a mi padre, desde este verano Santa María del Naranco estará unida a mi abuelo.

      • Muchísimas gracias, Beatriz, por compartir tus recuerdos. Me ha emocionado reconocerme en alguno de ellos. Me he visto subiendo haces años a la torre de Sta. María de Taull que entonces, no sé si continuará igual,se hacía por una inestable y fragil escalera de albañil, que tuvo que sostener mi marido mientras yo escalaba porque no intentarlo era inimaginable para mi. Recuerdo la sensación de Santa María del Naranco y yo casi susurrando a las piedras, acariciando las columnas y no queriendome ir de allí. Y escribiendo esto se me viene a la memoria una pequeña iglesía románica al borde de una carretera en la Rioja, fundida en la ladera como un insecto palo, y yo pidiendo que pararan, que pararan. Y ¡ay! ese sindrome de Stendhal que a mi también me me ha llevado a la lagrima más de una vez. No sólo con el románico, que en Andalucía no tenemos y conocí tarde, pero tambíen con él. Muchas gracias de nuevo, Beatriz. Un placer leerte.

  2. Estupendo artículo. Me encanta viajar a través de los ojos de una persona que se palpa en sus palabras que es amante de lo bello.

    • Muchísimas gracias, Raquel. Es un verdadero placer escribir cuando sabes que vas a encontrar lectores sensibles.

  3. Coincido en que un Potaje de habichuelas frescas de la huerta de Bornos, no sabe igual en Canadá que en nuestro querido Cádiz, aunque tenga los mismo condimentos, de manera que ¡¡ánimo!!, que Japón sólo está a 14h50´ y enhorabuena por la calidad narrativa del artículo

    • Muchas gracias, Benito por tu comentario y por tu recomendación del potaje de habichuelas. Me lo apunto sin dudar porque, aunque ya llevo varios años por aquí, todavía me falta por probar muchas recetas de la tierra.

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