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Posted by on 20 / 1 / 2017 in Blog, Comparativas | 12 comments

¿Colacao o Nesquik?

¿Colacao o Nesquik?

 

Esta entrada debería tener un filtro de acceso similar al de las webs de bebidas alcohólicas de alta graduación, aunque luego todo el mundo pusiera el año de nacimiento que le diera la gana. Pero es que si el lector ha nacido después de 1978 o 1980, apurando mucho, es posible que no llegue a comprender lo que de verdad subyace bajo tan inofensiva pregunta. Porque no voy a hablar de las propiedades nutritivas de uno u otro producto, analizadas ya por expertos nutricionistas, sino del conjunto de rasgos, cualidades y características que otorgaban a un individuo en cuestión.

En una década en la que, en muchas ocasiones, la oferta alimentaria quedaba reducida a dos opciones, la elección de la marca no era un asunto baladí. Y aunque la lista de la compra fuera competencia exclusiva de unas madres impertérritas cuando la economía familiar estaba en juego, la identificación de los chavales de los ochenta con lo que desayunábamos y merendábamos era tal que terminaba por formarnos la personalidad.

Así pues, había dos tipos de niños (no niños/as, porque las chicas de antes sabíamos con absoluta certeza cuándo debíamos incluirnos en el sujeto de la oración y cuándo no) bien diferenciados: Los que desayunaban con Cola Cao y los que desayunaban con Nesquik; los que para almorzar en el recreo se llevaban un sándwich de pan Bimbo con corteza (aquí no había más tu tía) de foie-gras La Piara o Apis; los que untaban el bocadillo de chorizo con Tulipán y los que no; los que antes de cenar picaban a escondidas un quesito de El Caserío o de La Vaca que Ríe; los que tenían suerte y en lugar de una manzana de postre se tomaban un Danone o un Yoplait, aunque aquí las madres a veces hacían la vista gorda y nos daban el capricho de cambiar, y hasta de probar los sabores exóticos de los yogures Chamburcy, en caso de que el regalo que pudieras conseguir reuniendo treinta tapas mereciera realmente la pena.

Y luego estaba lo que, según lo hábil que fueras para gestionar la paga semanal, pudieras degustar por cuenta propia y que servía para crear tu identidad definitiva: los chicles Cheiw o los Bang Bang, los pastelitos Bony o los Tigretón (Phoskitos quedaban al margen porque no había nadie que no los deseara y amara en cuerpo y alma), los Frigopié o los Drácula, los caramelos Sugus o los Chimos, los Peta-Zetas o los Pez, las pajitas o los gusanitos Risi, las pipas Churruca o las Facundo, los regalices negros y rojos o el paloduz.

Como ya desde pequeños intuíamos eso que dijo Feuerbach de que somos lo que comemos, podíamos hacernos una imagen bastante clara de qué tipo era cada uno según lo que eligiera. Y si alguien incluía en su dieta más de tres productos que a nosotros no nos gustaran, le hacíamos cruz y raya. Si a esto le unías otros detalles menores como jugar con la Barbie o la Nancy, los Airgam boys o los Clicks, el Lego o el Tente, a las chapas o a los cromos, a la cuerda o a la goma, el susodicho pasaba por la vía directa a la lista negra de la que era prácticamente imposible salir. Con todo esto, según lo que el primo de tu mejor amigo, que había llegado del pueblo para pasar las vacaciones, respondiera a la sencilla pregunta de si tomaba Cola Cao o Nesquik, ya sabías si era un tío chachi o si, por el contrario, estabas ante el verano más largo de tu vida.

Tengo que confesar que cuando era niña tomaba Nesquik. Ahora compro Cola Cao. Ay, cuánto hemos cambiado…

 

Beatriz González

12 Comments

  1. Muchas gracias por vuestros comentarios.
    Me sorprende comprobar que se trata de algo que tenemos tan arraigado que seguimos defendiendo nuestra elección con intensidad como cuando formábamos parte de los Tigres o de los Leones e íbamos “a muerte” con lo que fuera.
    Respecto a lo que comenta Carmen, creo que eso vino más tarde, a partir de los noventa, cuando nos vendieron la idea de que es igual de importante parecer que ser. Muchos se lo creyeron y empezaron a imitar a los personajes de Sensación de Vivir sin tener en cuenta que en España no se puede conducir un descapotable a los dieciséis años (y la mayoría no lo conduciremos en nuestra vida). La tontería ha ido creciendo de tal manera que hoy en día hay personas que se endeudan y llegan a arruinarse por querer mostrar una vida de éxito en su cuenta de Instagram, entendiendo el éxito por vestir ropa de marca y de grandes diseñadores y cenar en restaurantes de lujo.
    Con lo feliz que era yo con mi camiseta de La Casera y yendo a tomar el aperitivo los domingos al bar de la esquina: un pintxo de huevo duro con mayonesa, una croqueta o, como algo extraordinario, una gamba a la gabardina. Aunque el pintxo estrella siempre fue el de ensaladilla del bar Ezkurra. Los donostiarras veneramos esa ensaladilla por encima de cualquier otra. En la barra del Ezkurra se despachan como mínimo 700 kilos de ensaladilla al mes (quien no se lo crea puede leerlo en muchos artículos publicados en Internet).
    Si alguien va a San Sebastián y quiere probarla no tiene más que pasarse por el número 17 de la calle Miracruz, en el barrio de Gros.

  2. Yo me identifico con el Cola Cao totalmente.

  3. A más de todo eso. Ni son cosas necesarias para la vida ni para ser feliz. Sólo para una identificación personal. Como los estudios que se hacían para tener un título y prestigio que no es lo mismo que tener sabiduría por conocimientos reales y experiencia.

  4. Colacao, sin duda alguna.

    Muy bueno, me ha hecho recordar mi infancia.

  5. jajajaja lo has clavado.

  6. Síiii, pero encima de unas tortitas recién hechas. Así, sola, como que no…
    Creo que llegados a este punto la mejor manera de continuar es que organices una cata a ciegas de esas que tanto nos intrigan a tus seguidores y cuyos resultados suelen sorprendernos. Bueno, mejor dos: una para el Cola Cao y el Nesquik, con el tercero en discordia que prefieras; y otra para la Nocilla, la Nutella y la cremita del Cola Cao. Ahí queda… 😉

  7. Yo siempre fui de ColaCao, aunque me costara más trabajo diluirlo, nada que ver en cuestión de sabor y gusto personal, claro.

    • Gracias por tu comentario José Manuel. Es verdad que ese esfuerzo extra para disolver el Cola Cao se ve recompensado por su sabor especial. Aunque quizás nos sepa mejor por lo que cuesta removerlo. Hace tantos años que no tomo Nesquik que ya no recuerdo el sabor, pero sí me acuerdo de que era capaz de tomarme dos vasos seguidos cuando llegaba a casa después de una tarde de bici. Creo que le daré una segunda oportunidad la próxima vez que haga la compra a ver qué pasa. Por los viejos tiempos…

      • Además, con el Colacao y para que se diluyera bien, se echan primero las dos cucharadas correspondientes, una par de gotas de leche y a remover. A partir de ahí hay dos opciones. O seguir añadiendo leche hasta hacer el Colacao o tomarse la crema que sale a cucharadas, sin más leches ni más porras.
        Yo, por si no se ha notado, soy de Colacao.

        • Íñigo,para tomarse una rica crema a cucharadas está la Nocilla… ¡No hay color! Con permiso de los defensores de la Nutella. Yo, en ese caso, me declaro de Nocilla de toda la vida. Ya sé que es de Nutrexpa lo que la convierte en hermana del Cola Cao, pero de niña eso me traía sin cuidado. Como tampoco me importaba que llevara aceite de palma. Al fin y al cabo, no salía en la canción (“Leche, cacao, avellanas y azúcar…”), así que no debía de ser un ingrediente tan importante.

          • Se ve que no has probado lo que digo…To be continued…

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